Estas cuantas líneas no son una biografía de Michel Guérin, si no el bosquejo del retrato de un padre de nuestra región. Por su fe, su oración de confianza y su amor al prójimo, transformó una parroquia que creó y llevó en su corazón hasta su último suspiro: "Sean buenos cristianos ¡Oh! sí, que la parroquia sea siempre lo que ha sido" fueron sus últimas palabras el 29 de mayo de 1872.

Tiempos difíciles
Después de los disturbios revolucionarios, las parroquias de Francia
se encontraban frente a numerosas dificultades: iglesias arruinadas, mobiliario
destruido o deteriorado. Ésta era la situación de la pequeña
capilla rural de Pontmain que más tarde sería la iglesia: el
agua entraba por el techo, el altar y los bancos estaban carcomidos, ya no
había manteles, ni ornamentos, ni cáliz sagrado.
El celo de un padre
Es entonces que en la noche del 24 de noviembre de 1836, llega el abad Michel
Guérin, vicario de Saint-Ellier de Maine. Conociendo la miseria de
Pontmain, partió a Le Mans, para suplicar a su Obispo que le confiara
ese pequeño pueblo perdido en medio del campo. Como no tenía
presbiterio, se contentaría con una habitación amueblada en
una modesta choza. Esto sería lo que escribiría al Obispo sobre
sus primeras actividades: "¡Sí! Monseñor, he celebrado
la misa sobre una piedra sagrada colocada sobre varias tablas; mis hermanos
y yo hemos predicado encima de un banco" (carta del 15 de octubre de
1844).
Hombre resuelto
Los días que siguieron a su llegada fueron de trabajo arduo. Con sus
nuevos feligreses, restaura el tejado y fabrica bancos nuevos. Las mujeres
preparan los manteles del altar y los ornamentos. Posteriormente haría
numerosas labores: trazado de nuevos caminos, elevación de la iglesia
en sucursal, luego en parroquia, construcción de una escuela. Incluso
haría abrir un estanco de tabaco (sin duda para procurarse su propio
rapé). Es hombre pragmático. Entregado a todos: se ocupa de
los intereses materiales de su gente, despertando así su devoción
por Jesucristo. Muy pronto hace de Pontmain una parroquia viva y devota.
Hombre de oración
Su ministerio reposa en la oración y en una gran piedad mariana, entroniza
una estatuilla de la Virgen en todos los hogares. A partir de ese momento,
todas las familias rezan el rosario todos los días. Hace erigir y bendice
numerosas cruces a orilla de los caminos. Hace colocar la estatua de María
en el campanario. Desde el 8 de diciembre de 1854 (definición del Dogma
de la Inmaculada Concepción), se encienden cuatro velas en el altar
de la Virgen durante los oficios de la parroquia. En 1860, manda a pintar
la bóveda de la iglesia de azul cielo con miles de estrellas doradas.
La historia de Michel Guérin no es intrascendente. Aquél que
apodaban un poco maliciosamente "el cura de las Santas Vírgenes"
supo marcar profundamente en su tiempo ese pequeño rincón
de bosquecillo de Mayenne que María "la Madona de las estrellas"
visitaría el 17 de enero de 1871.

